Antonio Ferrer Montiel: “Nuestro reto es desarrollar medicamentos que eliminen el dolor malo sin alterar el dolor bueno”
- El conocido investigador impartirá la conferencia ¿Por qué no podemos vivir sin dolor?
- El viernes, 29 de mayo, a las 19:00 horas, en el salón de actos de la Fundación Cajalmendralejo en Badajoz por invitación de la Universidad de Extremadura
25/05/2026. Antonio Ferrer-Montiel es catedrático de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad Miguel Hernández (UMH) y director del Instituto de Investigación en Biotecnología y Salud (IDiBE). Ha sido nombrado recientemente presidente de la nueva Fundación de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular. Encabeza el grupo de Neuropatías Periféricas en el IDiBE, donde se investigan los orígenes del dolor crónico, con especial atención a la migraña y la neuropatía palmoplantar causada por quimioterapia. Gracias a sus estudios, se ha identificado por qué las mujeres tienen mayor riesgo de padecer migraña y se ha diseñado un tratamiento capaz de prevenir y reducir la neuropatía palmoplantar en pacientes con cáncer.
El investigador impartirá la conferencia ¿Por qué no podemos vivir sin dolor? El viernes, 29 de mayo, a las 19:00 horas, en el salón de actos de la Fundación Cajalmendralejo (Paseo de San Francisco en Badajoz) por invitación de la Universidad de Extremadura. La entrada es libre.
Aunque el dolor parece debilitarnos e incapacitarnos, cumple una función esencial. Aunque genera rechazo y muchos desean eliminarlo, en realidad actúa como un mecanismo de protección que nos ayuda a sobrevivir. Por ello, la charla abordará los avances en medicamentos capaces de controlar el dolor sin eliminarlo por completo.
El título de la charla es muy sugestivo, ¿Por qué no podemos vivir sin dolor? Esto quiere decir que ¿el dolor es una señal de alerta de que algo no va bien en nuestro organismo? ¿Qué mensaje quiere transmitir con su charla?
Efectivamente, el dolor es una señal protectora que los seres vivos disponemos por dos motivos principales. Por una parte, para prevenir un daño en nuestro organismo cuando nos exponemos a estímulos nocivos como, por ejemplo, acercarnos a una llama. El incremento de temperatura en nuestra piel dispara una señal dolorosa que nuestro cerebro interpreta como dañina y nos obliga a alejarnos para evitar una quemadura o, si esta se ha producido, reducir su intensidad. Por otra, nos indica que puede haber un problema en un órgano interno que requiere atención médica y cuidado. Fíjese si es una señal importante, que algunos tumores la inutilizan para poder crecer de forma sigilosa sin que el cerebro los detecte y active al sistema inmune para eliminarlos.
¿Puede existir la vida sin dolor? La respuesta es no. Existe una condición genética, la insensibilidad congénita al dolor, que son personas que no sufren dolor, lo que parece algo ideal, pero, paradójicamente, la esperanza de vida de estas personas no suele superar los 20 años. Y el motivo es que no son conscientes de lesiones como quemaduras, cortes y patologías internas, lo que hace que no puedan intervenir a tiempo. Otro ejemplo ilustrativo son los anestésicos, medicamentos que eliminan el dolor. Cuando vamos al dentista y nos anestesia la boca para una intervención no sentimos dolor durante el procedimiento, pero si con la boca todavía anestesiada tomamos una bebida muy caliente (sopa, café, infusión) nos provocará una quemadura al estar la boca anestesiada. Estos ejemplos ilustran el papel protector del dolor, pero como ocurre con otras funciones de nuestro organismo, los mecanismos que dan lugar al dolor bueno pueden desregularse por distintos motivos, activándose o permaneciendo activos patológicamente sin causa aparente. Esta disfunción produce una señal dolorosa duradera y continuada, originando lo que conocemos como dolor crónico. En este caso la función protectora del dolor ha desaparecido para convertirse en una enfermedad altamente incapacitante que hay que corregir. El dolor pasa a ser malo. Y, sí, tenemos dolor bueno y dolor malo.
El mensaje que me gustaría transmitir es que, por mucho que soñemos con una vida sin dolor, me temo, que este deseo no es posible, necesitamos preservar el dolor protector. Pero sí podemos soñar con una vida sin dolor crónico. Por ello, nuestro reto es desarrollar medicamentos que eliminen el dolor malo sin alterar el dolor bueno.
Su campo de investigación es la neurobiología sensitiva y su papel en la fisiopatología de la inflamación y el dolor. La investigación en el Instituto de Investigación y Salud de la Universidad Miguel Hernández de Elche (IDiBE) que usted dirige va encaminada a hallar mecanismos y terapias para reducir el dolor y mejorar el tratamiento de las personas, ¿en qué enfermedades? ¿Qué líneas de investigación del IDiBE-UMH en Biotecnología Molecular y en preclínica trabajan sobre ello? ¿Cuáles son los principales hallazgos?
El grupo de Neuropatías Periféricas en el IDiBE tiene como objetivo principal comprender las causas moleculares que originan el dolor crónico y, con este conocimiento, diseñar y desarrollar soluciones terapéuticas que ayuden a corregirlo y aportar calidad de vida a las personas que lo sufren.
Actualmente, estamos centrados en dos patologías. Por una parte, la migraña crónica que es una enfermedad que afecta al 15% de la población y tiene un marcado dimorfismo sexual, es decir, afecta más a las mujeres que a los hombres en una proporción 3 a 1. Estamos interesados en comprender las causas de esta marcada prevalencia sexual con el fin de desarrollar terapias que la contemplen, para incrementar el arsenal farmacológico de las mujeres que son las que sufren con mayor prevalencia e intensidad esta patología, particularmente durante sus años fértiles. En este proyecto hemos descubierto que la testosterona actúa como una hormona protectora en los hombres y, que los menores niveles de testosterona en las mujeres, unida a la disminución de los niveles de progesterona y estradiol en la fase menstrual del ciclo, las expone a las crisis migrañosas. Hay una clara influencia hormonal que explica, en parte, el dimorfismo sexual, aunque no nos resuelve porque se produce la patología. No obstante, este hallazgo orienta al desarrollo de nuevas terapias para atenuar el impacto de las crisis migrañosas en las mujeres.
Por otro lado, estudiamos las causas por las que los tratamientos de quimioterapia del cáncer producen una hipersensibilidad en manos y pies (una neuropatía palmo-plantar) que en muchos pacientes obliga a reducir dosis o incluso interrumpir el tratamiento oncológico, reduciendo su esperanza de vida. En este proyecto hemos descubierto la contribución de unos receptores expresados en las terminaciones nerviosas sensitivas (nociceptivas) presentes en la epidermis, y hemos desarrollado una formulación tópica que controla su actividad, previniendo la aparición de la neuropatía durante los ciclos de quimioterapia, y reduciendo la intensidad de los síntomas sensitivos que provoca (dolor, hormigueo, entumecimiento, etc.). Con este producto incrementamos la calidad de vida de los pacientes oncológicos durante el tratamiento de quimioterapia. Ahora estamos desarrollando formulaciones para la protección del paciente durante la radioterapia y la inmunoterapia.
En preclínica, también estudian la inflamación crónica y dolor y el papel que desempeña el microbioma intestinal. El microbioma está en el centro de muchas investigaciones actuales, ¿nos queda mucho por conocer del microbioma y su impacto en nuestra salud?
La influencia del microbioma es una de las facetas que estamos empezando a estudiar pues consideramos que, efectivamente, tiene un papel fundamental en la regulación de los mecanismos del dolor, tanto a nivel periférico (piel, órganos) como a nivel central (cerebro). Empezamos a comprender que metabolitos producidos por la microbiota son señales que usan nuestras neuronas para regular su función y, una alteración en su producción tiene un efecto sobre la actividad neuronal. Tanto el microbioma intestinal como el cutáneo juegan un papel en la detección, transducción e interpretación de las señales dolorosas. Estamos desarrollando modelos humanos preclínicos basados en organoides y órganos-en-chip para poder estudiar esta contribución y evaluar estrategias de manipulación de los microbiomas para reducir el impacto de la inflamación y el dolor en la salud de las personas.
¿Cuál es su relación con la investigación clínica? ¿La investigación de las universidades e institutos españoles está en contacto con la clínica?
Nuestra relación con la investigación clínica está en crecimiento. En este sentido, el IDiBE ha establecido unidades mixtas con los hospitales locales e institutos biosanitarios con el fin de promover y estimular la investigación clínica. Y acabamos de crear la unidad de investigación clínica y comunitaria para potenciar esta interacción.
Es cierto que todavía la colaboración preclínica y clínica está en pañales, pero hay que reconocer que ha ido progresivamente incrementándose y que cada vez los investigadores preclínicos y clínicos empiezan a entenderse. Esta interacción es fundamental, porque la única forma de dar soluciones y calidad de vida a los pacientes es mediante una colaboración intensa de ambas disciplinas que posibilite una fertilización cruzada que potencie la evolución hacia una medicina personalizada. Los preclínicos conocen las causas de las enfermedades y diseñan las soluciones, los clínicos diagnostican las enfermedades y diseñan los protocolos de actuación. La sinergia de ambos conocimientos y acciones redunda en el desarrollo e implantación de tratamientos más eficaces con menores efectos secundarios, y en el cuidado de los pacientes.
Fuente: Servicio de Difusión de la Cultura Científica de la UEx